El pueblo Wixárika demanda a César Menchaca y cómplices por apropiación cultural indebida
El pueblo Wixárika demanda a César Menchaca y cómplices por apropiación cultural indebida
CONSEJO DEL PATRIMONIO CULTURAL ORIGINARIO
9 de junio de 2026 | Patrimonio Cultural | Derechos de los Pueblos Originarios | Justicia Cultural
Con el aval formal de las autoridades tradicionales del pueblo Wixárika, el Consejo del Patrimonio Cultural Originario informa que se ha presentado ante el INDAUTOR una queja formal por apropiación cultural indebida en contra de César Menchaca y su empresa Menchaca Studio.
La queja lleva la firma de representantes legítimos de las comunidades wixaritari de la Sierra Madre Occidental y fue presentada con fundamento en la Ley Federal de Protección del Patrimonio Cultural de los Pueblos y Comunidades Indígenas y Afromexicanas (LFPPCPCIA). Esta ley reconoce la propiedad colectiva del patrimonio cultural de los pueblos originarios —tanto tangible como intangible— y prohíbe su uso o aprovechamiento sin el consentimiento libre, previo e informado de dichos pueblos. Quien se ostente como propietario, autor o creador de elementos de dicho patrimonio sin ese consentimiento comete el delito de apropiación indebida, sancionado con penas de dos a ocho años de prisión.
La demanda no se dirige únicamente contra Menchaca Studio. Junto con ella, se han presentado quejas paralelas contra decenas de empresas que, bajo el disfraz de “colaboraciones”, han sido cómplices de César Menchaca, en sus conductas delictivas, como se detalla más adelante en este comunicado.
"Durante más de quince años, el trabajo sagrado y la cosmovisión de nuestro pueblo han servido de materia prima para enriquecer proyectos comerciales ajenos. Hoy estamos poniendo un alto a esa historia de despojo silencioso."
La narrativa del rescate
La narrativa que Menchaca ha construido sobre sí mismo merece ser leída con atención, porque lo dice todo sin pretenderlo. En sus propias palabras, él llegó a “enseñarles” a los artistas wixaritari “el arte huichol, que es originario de sus pueblos”. Es decir: un agente externo llegó a instruir a un pueblo en su propio patrimonio ancestral, se instaló como intermediario indispensable entre los creadores y el mundo, y construyó sobre esa posición un negocio millonario. A eso se le llama colonialismo cultural — y la única novedad es que en este caso el colonizador toma fotografías, da entrevistas y se pasea por Madrid, Nueva York, Mónaco y Medio Oriente con el trabajo ajeno y la cartera abierta.
La figura del “rescatador” que llega a salvar una tradición que nadie le pidió que salvara es tan antigua como el despojo mismo. Sirve para lo mismo que siempre ha servido: para justificar la apropiación presentándola como generosidad, para convertir al explotado en beneficiario y al explotador en bienhechor. Que las comunidades wixaritari “obtuvieron un ingreso por aprender” — en palabras textuales de Menchaca — no es un logro filantrópico: es la descripción de un modelo laboral en el que se deprime el salario llamando aprendices a los trabajadores, y se niegan derechos llamando favor al empleo. Menchaca es la definición de la esclavitud moderna.
Lo que el pueblo Wixárika exige hoy no es gratitud ni reconocimiento simbólico. Exige lo que siempre debió ser suyo: el reconocimiento de la propiedad de su propio patrimonio cultural, una distribución justa de los beneficios que ese patrimonio genera, y que nunca más se necesite un intermediario esclavista para que el mundo conozca su arte.
Exposición de Menchaca Studio en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México.
El arte wixárika no necesita rescatadores
Hay algo fundamentalmente equivocado en la narrativa de Menchaca, y vale la pena nombrarlo con precisión: el arte, la cosmovisión y el patrimonio cultural del pueblo Wixárika no son una causa benéfica. No son un proyecto de desarrollo social. No son una comunidad vulnerable que espera que llegue un salvador a tenderle la mano y dar caridad.
Son la expresión viva de una civilización con siglos de historia, con una cosmovisión propia, con autoridades legítimas y con plena autonomía sobre lo que crea y lo que decide compartir con el mundo. Que ese patrimonio llegue a galerías internacionales, a eventos deportivos globales o a los edificios más icónicos del planeta no es un favor que Menchaca le hizo al pueblo Wixárika. Es el resultado del trabajo, el conocimiento y la espiritualidad de sus comunidades — un valor que existía antes de que él apareciera y que seguirá existiendo cuando estas demandas concluyan.
Los regalos que Menchaca lleva a las comunidades, las fotografías, los gestos de cercanía — nada de eso es generosidad. Es la pieza que sostiene el relato. Es el mecanismo con el que el colonialismo cultural siempre ha operado: llegar con algo en la mano para poder quedarse con todo lo demás. Mientras las comunidades wixaritari reciben despensas y visitas – migajas -, Menchaca Studio factura en cinco continentes y en monedas extranjeras. La asimetría no podría ser más clara: uno pone el arte, la espiritualidad y el trabajo; el otro pone la sonrisa y se queda con los contratos y los millones.
Lo que ocurrió aquí tiene nombre: apropiación cultural, abuso de una posición de poder, esclavitud moderna y colonialismo en su forma más contemporánea. No llegó con ejércitos ni con banderas — llegó con un taller, una cámara, pésimo gusto y la convicción de que el patrimonio de un pueblo podía convertirse en su negocio personal. Lo que se violó no es la generosidad. Es el derecho. El derecho soberano del pueblo Wixárika a decidir cómo, cuándo, con quién y en qué términos su patrimonio cultural se presenta ante el mundo. Ese derecho no se negocia con regalos ni se salda con fotografías. Y no puede ser administrado por alguien diferente a su verdadero propietario: las comunidades wixaritari.
Un modelo de negocio a expensas de los pueblos
Durante más de una década, cientos de artistas wixaritari han sido esclavizados para maquilar las obras que hicieron famoso (infame) a Menchaca Studio en México y en el mundo. Claro, lo han hecho sin contratos, sin prestaciones sociales, sin seguridad social y, en muchos casos, sin recibir el pago completo por trabajos ya entregados. La única formalidad que ha existido es la ‘‘palabra’’ de César Menchaca, figura que deja a los y las artistas en una situación de absoluta vulnerabilidad jurídica. César Menchaca es la definición del esclavista moderno capeado en un discurso trillado y predecible: el “salvador blanco”. Este discurso engañabobos desafortunadamente ha encontrado tierra fértil en la Secretaría de Cultura, en la Secretaría de Turismo y docenas de empresas quienes han caído en las maquinaciones artificiosas y redes de mentiras del etnocida cultural César Menchaca.
Esto tiene un nombre. Cuando una persona produce valor económico para otra bajo condiciones de precariedad deliberada, abusando de su vulnerabilidad, sin reconocimiento legal, sin posibilidad real de exigir sus derechos y con una deuda acumulada que funciona como mecanismo de sujeción (cual tienda de raya), no estamos ante una relación laboral informal: estamos ante una forma de esclavitud moderna. El arte sagrado propiedad del pueblo Wixárika se convirtió en materia prima y fuente de riqueza para César Menchaca, mientras sus creadores y guardianes, en mano de obra esclavizada y fuente de purificación en redes sociales.
Mientras tanto, Menchaca y sus cómplices empresariales (Aston Martin, por ejemplo) han recorrido escenarios de todo el mundo asumiendo el papel de ‘‘embajadores de la cultura mexicana’’, presumiendo el trabajo ajeno y manteniendo en el anonimato al verdadero propietario de esas obras: el pueblo Wixárika. Las esculturas que se exhiben por el mundo derrochando su trasnochado y trillado mal gusto son, en su esencia más profunda, la destrucción del arte Wixárika en su forma más decantada. Y luego está el contenido, ese jaguar-Quetzalcóatl-xoloitzcuintle reducido a mensaje motivacional sobre reciclar la basura y mejorar "los malos hábitos". Mesoamérica entera comprimida en una sala inmersiva de luces y sonido para que el visitante salga sintiéndose, por treinta segundos, salvador del planeta mientras toma su matcha-latte. El panteón prehispánico convertido en influencer del cuidado del aire. Es Leon-O cargando un macahuitl: la estética del poder originario despojada de su gramática, blandida como amenaza decorativa sobre unas nalgas que portan al jícuri sagrado cual tatuaje de padrote, con Quetzalcóatl rebajado a hebilla dorada de cinturón. Pura potencia visual, cero gravedad simbólica.
El problema no es que el arte wixárika salga de la sierra —siempre que las comunidades así lo determinen—. El problema es la operación de prestigio: extraer el aura de lo sagrado, monumentalizarla, ponerle precio de gala corporativa y devolverla al público mestizo certificada como reverencia. Menchaca no profana el jícuri por error; lo profana con producción ejecutiva, con curaduría de gobierno estatal y con boletos a 45 pesos. Es la apropiación más eficaz: la que se anuncia a sí misma como homenaje.
Si en verdad reconocieran y respetaran a las comunidades, les habrían reconocido como propietarias del patrimonio cultural, habrían obtenido un consentimiento libre, previo e informado con acuerdos concretos de distribución justa y equitativa de beneficios. César y sus empresas cómplices no lo hicieron porque el modelo no estaba diseñado para eso, la relación de sumisión en la que han mantenido a los pueblos sólo deja ver el profundo racismo y clasismo que habita en esta visión empresarial.
"Si estas personas en verdad quisieran ayudar a las comunidades: ¿por qué no crearon cooperativas? ¿Por qué no trabajaron para ellas, en lugar de hacerlas trabajar para sus empresas?"
El caso del estado de Nayarit: el gobierno financiando el despojo y la apropiación cultural
Nayarit y en particular el Gobierno de Tepic promueve al pueblo Wixárika como su principal atractivo cultural. Sus contratos, sin embargo, no llegan a las comunidades wixaritari sino a Menchaca Studio o a un reducidísimo y curiosamente selecto y pequeño número de artesanas y artesanos que son totalmente manipulables y moldeables al antojo de los políticos en turno.
No es descuido. Es una decisión. Una decisión que tiene consecuencias económicas concretas: el dinero público que debería llegar a las comunidades wixaritari; pero no es así: pasa primero por un intermediario que se queda con la mayor parte. El pueblo wixárika aparece en la imagen pero no en la nómina. Son el atractivo del producto, no sus beneficiarias. Son discurso político de moda pasajera e imagen de campaña. Así es precisamente el mecanismo que perpetúa la desigualdad económica y el despojo cultural que hoy denunciamos.
Esto es lo que llamamos complicidad institucional: no hace falta apropiarse directamente del patrimonio cultural si se financia y legitima a quien lo hace.
La narrativa del daño: una estrategia de desvío
Anticipamos —porque ya ha comenzado— que la narrativa de quienes defienden este modelo será que la demanda es "injusta", que "se va a perjudicar a muchos artistas", que "solo les hemos hecho un favor" y que el Estado apoya a las artesanas (pero aplasta a las comunidades). Desde las Comunidades Wixárika rechazamos categóricamente esa narrativa. Una vez que no existan los intermediarios, quienes deseen el arte y la cultura del pueblo Wixárika podrán acudir directamente a nuestras comunidades y tendrán todas las facilidades para acceder a él. Eso fortalece, no debilita, la posición económica y cultural de las comunidades wixáritari.
Fortaleciendo nuestra organización productiva y social, podemos estar al frente de proyectos que funcionen bajo el principio del bien común y la justicia económica, llevando el arte y la cultura de México desde nuestras propias narrativas, sin voceros ni intermediarios que se apropien de la autoría y los beneficios.
Organizaciones impulsoras
Consejo del Patrimonio Cultural Originario
Unión Wixárika de Centros Ceremoniales de Jalisco, Durango y Nayarit y las autoridades tradicionales que la conforman
Equipo de asesores jurídicos especializados en derechos de pueblos y comunidades indígenas y afromexicanas.
Esta coalición impulsa la defensa del patrimonio cultural de los pueblos originarios de la Sierra Madre Occidental: Wixárika, Na'ayeri, O'dam y Meshikan.
Seguiremos informando
Este es solo el primer paso de una lucha de largo aliento. Una lucha que nace desde las autoridades tradicionales, desde el fortalecimiento de la organización comunitaria, desde la legitimidad que otorgan siglos de vida cultural propia y desde el objetivo irrenunciable del bien común. Después del fallo del 26 de marzo de 2026 que obligó a Xcaret a suspender el uso de los elementos de la cultura maya en sus empresas, tenemos la convicción de que nuestra lucha es justa e histórica, es contra el nuevo despojo, y que puede ser el principio de la recuperación del control de nuestro destino cultural y el florecimiento de nuestras culturas ancestrales.
El Consejo del Patrimonio Cultural Originario seguirá informando puntualmente sobre el avance de los procedimientos legales, las respuestas institucionales y los próximos pasos de esta lucha.
"El patrimonio cultural de los pueblos originarios es de los pueblos. No está en venta. No es de nadie más".
© Consejo del Patrimonio Cultural Originario | copaco.mx@gmail.com